Manuel Horta, el célebre periodista quien fuera director de la revista "Jueves de Excélsior", llamó a Orizaba, "La Ciudad de las Nieblas" en 1921. Título que ha sido olvidado por otros más conocidos como "Pluviosilla", "la ciudad de las aguas alegres", o "Nuestra Señora de los Puentes".

Quise rescatar ese título poco conocido y otorgado por uno de los grandes periodistas mexicanos de antaño y al mismo tiempo, hacer un homenaje a mi querida ciudad mostrando lo mejor de su historia, de sus leyendas y poesías.

Ojalá no sea en vano...

jueves, 21 de junio de 2012

El Pico de Orizaba

De eterna nieve revestido, encima
de un monte y de otro monte te adelantas;
el rayo abrasador truena a tus plantas,
al empíreo tu frente te sublima.

¿Qué espíritu al mirarte no se anima?
Tú al quebrantado náufrago levantas,
si llega a divisar las luces santas
con que el iris de paz brilla en tu cima.

Cuando la noche, dilatando el vuelo,
con diadema de estrellas te corona,
signo de amor entre la tierra y el cielo;

el alma a sus afectos se abandona
y elevándose a Dios, rompe sin duelo
el lazo que a la tierra la aprisiona.

----José Joaquín Pesado (poeta, 1801-1861)

sábado, 16 de junio de 2012

Encanto de la Provincia

Rueda el tren con ruido de hierros por las yermas llanuras de la meseta central. De vez en cuando detiene su marcha en las estaciones donde abigarrado conjuto de vendedores ofrece a los viajeros viandas y mercaderías.

El paisaje es siempre el mismo; interminables hileras de magueyes, alineados como escuadrones, que se pierden en la extensión de la llanura o que trepan por montículos cercanos como verdes arañas de gigantescas patas. Los volcanes, la blanca mujer dormida y su adusto guardián, han quedado atrás, pero aún se les vé; al frente el Citlaltépetl, el "cerro de la estrella", bello como su leyenda, altivo se destaca.

Súbitamente la Naturaleza cambia su decoración. El tren desciende reptando por la vía, atravesando puentes y túneles. La montaña envía su resinoso perfume y allá abajo juega un rayo de sol en los cuadros verdes de los sembradíos. El pintoresco pueblo de Maltrata parece, desde la altura, la ciudad enana de un camposanto.

El tren ha terminado su descendimiento; la máquina resopla jadeante; parece cansada de su empresa. Los carros, como vértebras de una negra columna, atraviesan el valle de Ahauializapan, que en la lengua de los nativos dice poéticamente "alegría sobre las aguas". Unas estaciones más, los pueblos fabriles y sonando agudamente el silbato, el furgón enfrena su carrera en Pluviosilla.

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El aspecto de la ciudad es muy particular. Las casas en su mayoría son bajas, de un solo piso, y debido a que la lluvia es casi constante, extienden sus tejados sobre las banquetas. Las calles se alargan hasta encontrarse con las floridas cercas de los solares.

Las ventanas de recios hierros están abiertas; se percibe el perfume de los ocultos jardines y se ven los pisos de mosaicos en las habitaciones.

Tranquilos hogares provincianos donde ha hecho su aposento la paz. Casas construidas a la usanza castellana; de simétrica disposición dejando un cuadro para las flores; un surtidor repite el motivo de su lánguida canción y en los pequeños prados los rosales se engalanan con sus efímeras joyas y los tulipanes en rojas flores ofrecen la generosa dádiva de su sangre.

Al pie del cerro, la Alameda con sus altos árboles que se mecen bonachonamente al viento, tiene un agreste aspecto. Pasa la leve neblina; amorosamente envuelve a la serranía y se desgarra en sus alturas erizadas de pinos.

De garita a garita tiende su espinazo la calle real hasta llegarse a la silenciosa ciudad de los muertos. Las torres de San José de Gracia, San Juan de Dios y San Miguel se elevan solemnes sobre el caserío de tejados en vertiente; más lejana, la torre trunca de la Concordia teniendo por fondo la calcinada mole del Escamela; las campanas desde lo alto, con esa voz acariciante de las campanas provincianas, invitan a la oración.

Casi en el centro de la ciudad está el Parque; prados donde florecen las más bellas flores, la araucaria escala sucesivamente las manos abiertas de sus ramas y las palmas mueven sus verdes penachos en el aire. A un costado el Teatro, al otro la Parroquia y un poco más lejano, como avergonzado, el Palacio de Gobierno.

Bajo los arcos de los siete puentes pasa la corriente del río; ya tranquilo y rumoroso entre las guijas, ya revuelto al precipitarse en los bajos de su lecho.

De tiempo en tiempo interrumpen la calma los silbatos de las fábricas; después torna y se siente en el paisaje y en las cosas el encanto de la provincia.

La vida pasa con un tranquilo regocijo que hace del sitio un refugio de paz y de amor. Las gentes son afables, llenas de nobleza y de lealtad; los viejos fuman con la beatitud de sus almas sencillas, y en las hermosas mujeres anida la dulzura.

La leyenda del escudo que Carlos III diera a la blasonada villa de Orizaba, reza con justicia: "Benigno el clima; fértil el suelo; cómodo el sitio y leal el pueblo".

La rica vegetación y el agradable clima prestan mayor encanto al lugar. Los alrededores son hermosos; cañaverales, arroyos, barrancas, jardines y huertos silvestres. Cuando la atmósfera es diáfana se admira la nevada punta del volcán, brillante como la estrella que le dió su nombre.

Los montes hunden sus gibas entre las nubes. En la tarde, de la gris lámina del cielo descienden tenues hebras de cristal.


Celestino de Herrera
Revista "Alborada" No. 43
Agosto 13 de 1922
Orizaba, Ver.

miércoles, 13 de junio de 2012

La cascada de Barrio Nuevo



Crecida, hinchada, turbia la corriente

troncos y peñas con furor arrumba,

y bate los cimientos y trastumba

la falda, al monte de enriscada frente.



A mayores abismos impaciente

el raudal espumoso se derrumba:

la tierra gime; el eco que retumba

se extiende por los campos lentamente.



Apoyado en un pino el viejo Río,

de ruda encina y de arrallán bravío;

alzando entreambas sienes, coronada.



Entre el iris y niebla levantada

ansioso por llegar al mar umbrío,

a las ondas increpa amotinadas.



--JOSE JOAQUÍN PESADO.







martes, 12 de junio de 2012

La Leyenda de Quetzalcóatl y el Pico de Orizaba

"El célebre profeta (Quetzalcóatl) rodeó la montaña ardiente del Poyauhtécatl y se dirigió a Quetlachtlan, donde se embarcó en una canoa, cuya popa ostentaba dos víboras entrelazadas. De ahí se dirigió al mar, al Sur-Oeste de Goatzacoalcos (sic), y desapareció.
"Aquí parece que acaba la peregrinación de Quetzalcóatl; mas la tradición afirma que murió en estos lugares, en que se le tributaron los honores fúnebres, con inusitada magnificencia.
"Sus restos mortales fueron llevados al punto más elevado de la Montaña Ardiente, ó Volcán de Orizaba.
"Vestido de sus ropas más valiosas, colocado en una pira, fue consumido por el fuego. Entonces sus cenizas se elevaron al cielo, formando una espesa nube, en torno de la cual, revoloteaban pájaros de riquísimos plumages (sic), modulando sus alegres cantares, que en vida tanto agradaban al profeta.
"El espíritu de Quetzalcóatl, transformado en Quetzal triunfalmente se remontó al cielo. Al ascender, el sol se nubló, y por espacio de cuatro días, densas tinieblas cubrieron la tierra.
"La naturaleza tomó parte en el duelo público, por la muerte del virtuoso apóstol. Mas no tardó mucho en aparecer una estrella que la volvió a la luz.
"El astro misterioso parecía ser la apoteosis de Quetzalcóatl; ensalzaba sus virtudes, anunciando a la tierra la ventura infinita que había alcanzado en las regiones de los espíritus.
"Desde entonces, el Poyauhtécatl, en cuya blanca cima descansaba aquel astro, se llamó Citlaltépetl, esto es, Monte de la Estrella".

Tomado de "Ensayo de una historia de Orizaba",
de Joaquín Arróniz Fentanes (1867), edición de 1980.

jueves, 15 de octubre de 2009

Soneto



Señora de los Puentes, señorita
del agua lenguaraz y cristalina.
Patria de la llovizna, citadina
muchacha del brocal y la garita.

Te quiero por morena, por bonita,
ya vestida de sol, ya de neblina.
Múltiple campanada -crinolina
del aire en que el gorjeo se amerita.

En pos de tus aleros centenarios,
absorto en festín de campanarios
detengo mi emoción en cada esquina,

y en lírica nostalgia de tu cielo
traigo la cruz eléctrica del vuelo
que tiende mi canción de golondrina.

Jorge Ramón Juárez, 1940.